Queridas Damas y queridos Caballeros:
La festividad de la Exaltación de la Santa Cruz nos es particularmente querida. El signo de la Cruz pertenece, en efecto, a la historia, a la espiritualidad y a la propia identidad de nuestra Orden. La llevamos en nuestras insignias y en nuestros mantos; pero, sobre todo, estamos llamados a llevarla en nuestra vida y a través de nuestra manera de vivir.
San Pablo escribe a los cristianos de Corinto que Cristo lo envió a anunciar el Evangelio para que no quedara vaciada de su fuerza la Cruz de Cristo (1 Cor 1,17). Esta es la expresión en la que quisiera detenerme este año: no hacer vana la Cruz de Cristo.
La Cruz puede permanecer visiblemente presente y, al mismo tiempo, quedar privada de su significado. Puede convertirse en un adorno, un recuerdo histórico, un signo de pertenencia, sin ser reconocida por lo que verdaderamente es: el lugar en el que Dios, en Jesucristo, nos manifestó hasta dónde llega su amor por el ser humano.
Hace justamente un año, el 14 de septiembre de 2025, en la basílica de San Pablo Extramuros, el papa León XIV recordaba que la Cruz es «esperanza de los cristianos» y «gloria de los mártires». Son palabras que podemos sentir dirigidas especialmente también a nosotros y que nos ayudan a comprender qué significa defender la Cruz hoy.
Ciertamente, significa no avergonzarse del signo cristiano y custodiar un patrimonio de fe que ha atravesado los siglos. Sin embargo, sería demasiado poco que todo se detuviera ahí. La Cruz se defiende verdaderamente cuando se vive conforme a la Cruz. Ante todo, nos recuerda que no podemos salvarnos a nosotros mismos. En un tiempo en el que el ser humano confía tan fácilmente en sus propias capacidades y recursos, el Crucificado nos recuerda que la salvación es un don que debemos acoger.
La Cruz también nos enseña una medida diferente de la grandeza. Para el mundo, la grandeza consiste en el éxito, la visibilidad y el poder. Cristo, en cambio, nos muestra una realeza que se manifiesta en la entrega de uno mismo.
Vivimos, además, en una época en la que la Cruz sigue siendo llevada de manera muy real por tantos cristianos perseguidos a causa de su fe, por las víctimas de las guerras y por quienes sufren la pobreza, la enfermedad y la soledad. No podemos venerar la Cruz de Cristo y pasar indiferentes junto a las cruces de la humanidad.
Aquí redescubrimos una de las tareas más auténticas de nuestra pertenencia a la Orden. La glorificación de la Cruz, que figura entre sus finalidades fundamentales, no consiste únicamente en rendirle homenaje público. Exige que el significado de la Cruz se haga reconocible en nuestras decisiones y en nuestra vida.
La tradición constantiniana nos confía la Cruz como signo de victoria. Para nosotros, esta victoria nunca puede entenderse según las categorías de la fuerza y la dominación. Cristo vence precisamente cuando, a los ojos del mundo, parece derrotado. Vence porque ama hasta el final.
Quizá la mejor defensa de la Cruz hoy consista precisamente en devolverle este significado, sin permitir que quede reducida a un mero símbolo cultural o identitario. La Cruz pertenece ciertamente a nuestra historia y a nuestra civilización, pero, antes que nada, pertenece al Evangelio. Y el Evangelio no nos pide simplemente exhibirla, sino dejarnos transformar por ella.
Queridas Damas y queridos Caballeros, al prepararnos para celebrar esta festividad, quisiera invitaros a deteneros ante el Crucifijo y a preguntarnos: ¿es reconocible la Cruz que llevamos también en nuestra manera de vivir?
Que así sea en nuestra fidelidad a la Iglesia y al Sucesor de Pedro, en la atención a quienes necesitan ayuda, en el ejercicio responsable de las tareas que se nos confían, en nuestra capacidad de servir sin buscar reconocimiento y en el testimonio sereno de nuestra fe.
Entonces, el lema «In hoc signo vinces» no será únicamente el recuerdo de una historia antigua, sino que se convertirá en un programa cristiano para el presente: vencer el mal con el bien, la indiferencia con la cercanía y el egoísmo con la entrega de uno mismo.
Pidamos al Señor que la Cruz, que la Orden Constantiniana tiene el privilegio y la responsabilidad de llevar en su nombre y en sus insignias, permanezca ante todo grabada en el corazón de cada uno de nosotros.
Con este deseo, al dirigir un pensamiento especial al Gran Maestre, a la Real Familia y a toda la familia constantiniana, invoco sobre cada uno de vosotros y sobre vuestras familias la protección de la Bienaventurada Virgen María y de San Jorge Mártir, y os imparto de corazón mi bendición.
Marcello, cardenal Semeraro
Gran Prior de la Sagrada Orden Militar Constantiniana de San Jorge
